junio 18, 2013

Gratitud

Tengo un par de guitarras para dar clases, sencillitas, de batalla. También tengo una de concierto para tocar en público y para grabar, muy sonadora, de bello timbre. Esta última está siempre en su estuche, y sale cuando hay sesiones de trabajo programadas. Las otras duermen afuera, y paraditas en sus soportes se ofrecen permanentemente. Por eso cada vez que tengo un rato para guitarrear agarro una de éstas, que están a mano. Pero hace unos días me vengo preguntando por qué hago esto, por qué no toco con mi mejor guitarra, aunque sea en la soledad de mi cueva. ¿Por qué privarme de la belleza que ella puede darme? ¿Para qué dejarla guardada, si no se gasta por tocarla?
Entonces la empecé a usar diariamente, y ayer, sin que yo tuviese ninguna intención de escribir algo nuevo, se instaló en cabeza, manos y encordado una música que me inundó y no me soltó hasta que la terminé de escribir.

Estoy convencido de que es un regalo de ella. Me está agradeciendo que no la haya condenado a la oscuridad y al silencio.

mayo 27, 2013

No, thank you

En enero de 2001 llegué a Toronto para una estadía de dos meses. Me hospedaría en casa de una familia, con quienes compartiría los espacios comunes, como la heladera. Pero debía comprar mis alimentos. Con esa misión me apersoné -recién llegado- al supermercado más cercano, y empecé a colocar en el carrito las vituallas que necesitaba.
Es preciso decir en este momento que, pese a haberme preparado en inglés durante un año para este viaje, no entendía casi nada de lo que la gente hablaba. Lo comprendí recién allí: las profesoras de inglés de Argentina hablan todas con acento.
Ya en la cola para pagar, vi que la gente metía la mercadería en bolsas de papel que la cajera les daba, y calculé que para colocar mis cosas me bastaría con pedirle cuatro. Terminado el recuento de lo que yo llevaba, la mujer me dijo el importe que debía pagar, pero no hacía ningún gesto parecido a darme bolsas de papel. Entonces se las pedí, y ella muy amablemente me dijo algo de lo cual no entendí ni una palabra. Detrás mío, una fila considerable de clientes con sus carritos llenos me miraba y esperaba en silencio, respetuosamente, pero yo pensaba que ellos pensaban: "no tenemos todo el día, terminá y andate". Entonces, ansioso por desaparecer le contesté "no, thank you", que fue lo primero que me vino a la mente. Acto seguido agarré como pude mis vituallas, y me fui haciendo equilibrio dando un espectáculo que debió ser bastante cómico.
Al llegar conté a mis anfitriones lo que me había pasado. Entonces ellos me explicaron que las bolsas se compran, que cada uno pide las que necesita, y que cuestan $0.10 cada una. O sea que la cajera me había dicho que cómo no, que eran cuarenta centavos, y yo le había contestado "no, gracias", quedando como un amarrete que se va perdiendo las cosas por el camino por no pagar unas miserables monedas.
Aún me da vergüenza imaginar la imagen que dejé en los que estaban presenciando la escena. Es feo ser un extranjero, no conocer la cultura ni los códigos del lugar, y encima no entender casi nada de lo que se le dice a uno.

marzo 31, 2013

Manifiesto

Hace muchos años descubrí mi vocación por la música. Mi pasión es tocarla y crearla. Me entregué a ella, dedicando mucho tiempo, recursos y energía a la tarea de formarme, tanto en el oficio de tocar un instrumento (la guitarra) como en otras disciplinas necesarias para llegar a ser un músico cabal. Los primeros intentos de dar forma musical a pensamientos y emociones fueron surgiendo naturalmente. Comencé a componer. Paralelamente formé una familia, y con ella llegó la responsabilidad de proveer a las necesidades de las personas a mi cargo. Encontré en la enseñanza de la música una fuente de ingresos más o menos regulares, y aposté a que mi oficio de artista (intérprete y compositor) llegase a serlo también. Luego de casi treinta años de intentarlo, me he convencido de que no es posible, al menos para mí, en estas circunstancias geográfico-temporales que me toca vivir. La remuneración por este trabajo es usualmente menos que modesta, el trabajo es muy poco, y es uno mismo quien debe generarlo, invirtiendo en esta tarea -propia de un representante artístico y no de un artista- ingentes cantidades de tiempo y esfuerzo que nunca se ven debidamente recompensados en lo monetario.

Los sistemas existentes para la remuneración del derecho de autor están al servicio de los artistas que se dedican a hechos musicales masivos. Como socio de SADAIC, he comprobado que jamás un inspector de la entidad se ha presentado a chequear el debido pago del derecho en alguno de los muchísimos conciertos que he ofrecido en salas medianas y pequeñas. Sólo recuerdo haber percibido una suma importante como pago por la composición de breves bandas de sonido para televisión, hechos sonoros irrelevantes, pueriles y descartables, que dejé de hacer hace mucho por no soportar la subordinación de la música a la dinámica del comercio y la televisión.

La edición de discos y partituras era otra esperanza que el tiempo se ha llevado, cual tsunami que a su paso arrasa todo. Una conocida compañía discográfica de Buenos Aires me pagó, en concepto de regalías por siete años de venta de uno de mis discos, la suma de $68 (si, sesenta y ocho). Una importantísima editorial de partituras de Alemania que editó dos libros con mis obras, tiene la exclusividad para su publicación por un período que excederá largamente el de mi vida, y hace años que no recibo un centavo de regalías por estas ediciones. Mis reclamos caen en el vacío, y aún si lograra ser escuchado, me llegarían monedas, porque así funciona este negocio: lo mínimo para el artista, las migajas para el creador del hecho que da ganancias a otros. Por todo esto HE DECIDIDO NO VOLVER A ENTREGAR UNA GRABACIÓN O UNA PARTITURA. He optado por la autogestión, y ya llevo andado un trecho considerable por este sendero. Esta decisión me obliga a multiplicarme. A las tareas de crear y grabar la música se suman muchas otras propias del hecho editorial: arte de tapa, traducción, fotografía, transcripción de partituras, etc. Pero así están dadas las cartas, y me sigue gustando el juego.

Teniendo en cuenta que he sido bendecido con el privilegio de la música, acepto como un precio razonable los avatares que más arriba he descripto brevemente. Seguiré caminando por esta huella, que es de barro y luminosa a la vez. Dado que no escribo música para guardarla en un cajón, he comenzado a colocar mis obras en internet, para que sean descargadas gratuitamente por todo aquél que llegue a interesarse.

Marcelo Coronel
Rosario, 21 de marzo de 2013