julio 12, 2013

Miércoles culturales

Miércoles 18 de agosto de 2010. Recién llegado a Jujuy para una serie de actuaciones, fui tipo siete de la tarde a la presentación de un libro, ya que ese primer día no tenía compromisos. Antes de que comenzara el evento me presentan a un funcionario de cultura de la provincia, quien me ofrece ir a tocar a Abrapampa, esa misma noche. El intendente de ese pueblo puneño acababa de llamar pidiendo con urgencia una delegación de artistas para nutrir la programación de "Miércoles Culturales de Abrapampa". Me pareció raro que anduviesen armando la programación un rato antes. Para llegar a Abrapampa había que viajar tres horas, y ya era la tardecita. Tampoco me cerraba que el tipo me invitara sin tener idea de qué y cómo tocaba yo. Pero me enganché: estaba desocupado y me entusiasmaba ir a guitarrear a un lugar nuevo para mí.
Así fue que una delegación artística muy heterogénea y armada de urgencia salió hacia el norte en una trafic, por la Quebrada de Humahuaca. La luna alumbraba el paisaje, y el mate y la coca ayudaban con la altura y el frío.
Tipo once de la noche llegamos al lugar: un tinglado enorme, en una escuela, con un escenario gigantesco sobre el cual iban pasando números de folklore. El sonido era letal: me resultaba literalmente imposible escuchar. El exceso de volumen -al menos para mí- cruzaba el umbral del dolor. Frente al escenario había algunas filas de sillas. En el resto del lugar una multitud iba y venía alegremente, y en un rincón una barra vendía bebidas.
Luego de una espera de dos horas llegó el momento de mi actuación. Para ese entonces el público ya raleaba y los efectos del alcohol eran indisimulables. Preocupado, le pregunté al funcionario que nos había llevado si era razonable que subiese a ese escenario un guitarrista solista, que ni siquiera cantaba, y no podía ofrecer desenfreno festivalero. Me contestó que "la gente está aburrida de huayno y bailecito, y que cuando alguien toca algo diferente les encanta".
Alentado por esta respuesta subí al escenario y arranqué con una tremenda milonga de Yupanqui. Durante algunos compases fue como si en el escenario no hubiera nadie: me ignoraron por completo. Pero al rato se percataron de mi presencia y comenzó la anhelada conexión entre artista y público: empezaron a chiflarme. Recordando lo dicho por el funcionario, me sorprendió que no les estuviera encantando y decidí cambiar de estrategia: "les toco algo de acá, y me los compro enseguida", pensé. Así que arremetí con una baguala, con tanto arrastre y vibrato que ya se me salía la mano del cuerpo. Los chiflidos se redoblaron y empezaron a sumarse algunos gritos, que sonaban entre burlones y amenazadores. Levanté la vista por un momento y vi a uno de los parroquianos orinando apoyado contra la pared, parado en un enorme charco que probablemente era una mezcla de cerveza, vino y barro. El instinto de supervivencia provocó el abrupto final de mi presentación: sin esperar a que la baguala terminase, metí un chan chan a modo de final y huí por el costado del escenario.
De regreso a San Salvador se durmieron todos. En silencio y alumbrado por la luna, recorrí de nuevo la famosa quebrada, esta vez de norte a sur.  Viajé atravesado por una sensación rara, incómoda, medio fulera. Ahora sé que me estaba doliendo la Patria.

julio 02, 2013

Rescatando al alma

Abe Minzer es pianista. Vive en la ciudad de Colorado Springs (Estados Unidos). Hace algunos años participé de una velada en su casa, una reunión de amigos para cenar y tocar música. Al término de la reunión nos quedamos solos él, su esposa y yo. Me invitaron a pasar la noche allí, y en ese momento pude conversar con ellos de manera más personal. Abe contó que daba clases en una institución de enseñanza musical. Esta actividad era relativamente reciente en su vida: anteriormente trabajaba en el mundo de la informática. En ese anterior empleo sus ingresos superaban veinte veces a su sueldo como maestro de música. Pero según sus propias palabras, a pesar del dinero que ganaba "el alma se le había ido". Abe ya tenía una edad en la que no se abandona alegremente una carrera exitosa para empezar otra historia de final incierto. Pero le pareció importante recuperar su alma.

De izquierda a derecha:
Abe Minzer, su esposa y Marcelo

junio 27, 2013

Servicio de "atención" al cliente

Se terminaba mi viaje a Perú, allá por 2007. En mi penúltimo día estaba libre, por lo cual decidí conocer las ruinas de la ciudad amurallada de Pisaq, en el valle sagrado de los Incas. Desde Cuzco era un viaje bastante corto por paisajes increíbles, en un micro mediano que iba repleto, con gente parada en el pasillo central. Cada tanto el vehículo paraba para que alguien subiese o bajase, en la intersección de la ruta con caminos de tierra.
Junto a la puerta iba un muchacho que cobraba el boleto a quienes descendían, de acuerdo al trayecto que habían realizado. En una de esas paradas, escuché de repente a este guarda discutir con un pasajero que debía bajar pero no quería pagar, aludiendo que había viajado parado, y que por lo tanto no correspondía que le cobraran el boleto. El razonamiento de este viajero me pareció raro, pero él lo sostenía con vehemencia cada vez más sonora. Y el otro, con igual energía, le reclamaba que pagara. El resto de los pasajeros iba tomando partido por una u otra postura, y rápidamente el micro se convirtió en un tremendo griterío.
En un momento el guarda consideró que sobraban las palabras, y sin ningún prurito comenzó a propinarle al pasajero una andanada de trompadas que éste retribuyó generosamente, aumentando así la confusión general. El chofer, que hasta ese momento había observado la escena por el espejo retrovisor y con las manos en el volante, se levantó y se sumó a la golpiza, asistiendo a su compañero en la tarea de escarmentar al pasajero rebelde. Desde mi asiento en la última fila, yo observaba sin entender demasiado, y para evitar que alguna mano u objeto contundente aterrizara en mi cabeza, me agaché con la esperanza de que la batalla terminase dejándome indemne.
Una vez que hubieron abollado a piñas la humanidad del pasajero, lo dejaron bajar y el viaje continuó. Nunca supe si finalmente le cobraron, pero lo que sí quedó claro es que quien "cobró" fue el pobre infeliz que no quería pagar boleto.