julio 05, 2011

San Juan de la Frontera

La guitarra es un instrumento que se lleva bien con ambientes pequeños, o medianos a pequeños, en los que no haga falta amplificación. En tales salas su timbre natural puede escucharse fácilmente, sin interferencias. Las salas muy grandes, o aquéllas que no están construidas con buenos criterios acústicos, suelen atentar contra guitarristas y público: los primeros, porque la falta de buena sonoridad lleva a tocar "apretando" cuerdas y dientes, para lograr un par de decibeles más de volumen, en desmedro de la calidad de sonido, y de la relajación. Y el público debe hacer fuerza para escuchar un instrumento cuyo sonido le llega empobrecido,  reducido a los extremos.
Cuando entré al auditorio Juan Victoria, el miércoles pasado (29 de junio), me pregunté que íbamos a hacer mi guitarra y yo, solitos los dos, sobre el escenario gigantesco de una sala para 1000 personas, y me predispuse a vivir una experiencia cuesta arriba. Pero ya en la prueba de sala noté que el lugar sonaba fantásticamente, y que no había que hacer ningún esfuerzo adicional, que se escuchaba perfectamente, y que el sonido corría fluido y reverberante.
Y así fue: pude tocar cómodo como pocas veces en mi vida. Celebro que en la ciudad de San Juan  exista ese espacio excelente y cálido, y espero volver no dentro de mucho a pisar ese escenario. Por si fuera poco, tuve el privilegio de compartir un par de interpretaciones con el Ensamble San Juan de la Frontera, dirigido por el maestro Alejandro Dávila, que me honra con su amistad, y entreverarme con ese puñado de guitarras sanjuaninas, que es como hermanarse un poco.

El siguiente video es un registro del Ensamble de Guitarras San Juan de la Frontera en el Auditorio Juan Victoria, interpretando mi Milonga mafiosa, como parte de la preparación para la gira europea que realizaron en 2010.




San Juan de la Frontera

Así te nombraron
en el principio.
Pude ir a vos, ver tus acequias,
las precordilleranas murallas que te secan
y el follaje monocromo
de tus plátanos en invierno.
Yo, que húmedo provengo del enorme cauce,
respiré tu polvo
y tus guitarras.

(Marcelo Coronel  /  30.6.2011)

junio 13, 2011

No puede

Cuando Daniel Mariatti y yo éramos estudiantes de guitarra en la escuela de Música de la Universidad Nacional de Rosario, yo quería tocar como él. No había ninguno que tuviera su sentido del ritmo, su tempo, y su buen gusto para las chacareras. Tenía una guitarra con tapa de cedro rojo oscuro, que hacía sonar con cuerpo y volumen envidiables. Pero sobre todo era buen tipo.
Ambos éramos alumnos del maestro Víctor Rodríguez, y solíamos cruzarnos en el aula, uno entrando y el otro saliendo.
Tuvimos la suerte de compartir un viaje a la meca de los folkloristas argentinos, el festival Pre-Cosquín, él como solista y yo como integrante de un trío.
Un buen día se esfumó y nadie volvió a verlo. Ni siquiera el maestro tenía alguna idea de las razones de su desaparición.
Y así el "Cabezón" Mariatti se fue diluyendo en la neblina del tiempo.
Muchos años después  lo encontré en Buenos Aires. Mejor dicho, él me encontró a mi:
-¿Vos sos Marcelo Coronel?"
Lo miré un par de segundos y pegué el grito:
-¡¡Cabezón!!
Supe entonces que asuntos personales de importancia lo habían afectado en aquéllos años, y que se la había agarrado con la guitarra. Pero el que tiene su espíritu sincronizado con la belleza y la hondura, no se puede zafar así nomás, y olvidarse. Estaba tocando de nuevo, queriendo volver.
Y así, yo que quería tocar como él, al menos puedo ahora tocar con él: ya nos hemos entreverado en unas cuantas, y todo indica que habrá más.


No puede
a Daniel Mariatti

¿Puede el hombre que tiene el fuego adentro
evitar, de alguna forma, que lo queme?
¿Puede aquél que ha besado a la vidala
prescindir de tan dolorosa sensación de alegría?
Podrá pensar que si por un momento,
pero no.
Volverá el cosquilleo a los dedos,
al pecho, y entonces
el abrazo inevitable,
volverá a sonar como antes,
o mejor.

Marcelo Coronel
Rosario, 14/5/2011
13:54 hs.


noviembre 22, 2010

Alabanzas, donde termina el camino


Iruya es un pequeño pueblo de la provincia de Salta, donde termina el camino que a él conduce. No se puede seguir hacia ningún lado con un vehículo de motor. Por consiguiente, nadie llega de paso hacia otro destino: si alguien está en Iruya, es porque decidió viajar hasta allí. El pueblo está "colgado" en un escalón de la montaña, asomado a un barranco que da a un río sin agua durante la época invernal, como lo muestra la foto, tomada desde el lecho seco. Pero en verano las lluvias traen el agua; como el camino debe pasar por el cauce del río, el pueblo suele quedar incomunicado cuando éste crece.
Llegué a Iruya luego de un viaje de tres horas desde el pueblo de Humahuaca, en la provincia de Jujuy. El camino asciende en medio del paisaje de la puna: piedra, tierra, y matorrales amarillentos, nada más. Salvo el pueblito de Iturbe, la presencia humana se reduce a un caserío cada tanto, o alguna casa perdida, de barro, con perros dormidos en la puerta, tirados al sol. Al llegar a los 4000 metros de altura, se cruza el límite interprovincial, y se ingresa en Salta. Allí comienza un descenso por una cuesta bellísima, un zigzagueo gigante que termina en Iruya luego de bajar más de 1000 metros.


El pueblo no tiene espacios amplios, excepto una plazoleta pequeña delante de la capilla y una plaza. El resto: callejuellas de piedra que suben y bajan, por las que puede pasar un vehículo por vez. No es fácil caminar allí, una cuadra cuesta arriba puede obligar a parar un rato para recuperar el aliento.
Antes de dormir, me fui caminando desde el hospedaje hasta la boletería de la empresa "Transporte Iruya", con la intención de averiguar horario de partida para el regreso, a la mañana. En eso estaba, cuando escuché gente cantando. Sonaba parecido a algunas grabaciones de Leda Valladares, recopilaciones de cantos bagualeros ancestrales, coplas a capella entonadas principalmente por mujeres. Me fui acercando, guiado por la música. Ya había caído la noche, y al pueblito lo iluminaba una luna gigante que asomaba por encima del perfil negro de los cerros. Así llegué a una casa con la puerta abierta, que daba a un salón rectangular, bastante grande e iluminado, y con símbolos religiosos en lo que me pareció era una especie de altar. Allí se había congregado un grupo de hombres y mujeres que cantaban alabanzas con ritmo de huayno (1), en un estado colectivo de embriaguez espiritual o al menos así me pareció percibirlo. Acompañaban el canto las palmas llevando el pulso, y algunas de las personas giraban sobre sí mismas acompasadamente sin dejar de cantar -en especial una mujer cuya presencia me hizo pensar que era alguien importante en la reunión-. Tuve el impulso de entrar, pero no me atreví, pensando que mi presencia podría entorpecer o molestar de alguna manera.

Pienso ahora en esa experiencia, a cierta distancia de tiempo y en la soledad de mi estudio. Fui ocasional testigo de la música practicada colectivamente, sin ningún tipo de intención "artística"; el canto con intención funcional: alabar a Dios, en este caso, o sea sirviendo a una necesidad espiritual de la comunidad; el canto en su contexto verdadero: un pueblo perdido en las montañas de la puna salteña, no sobre el escenario de un teatro citadino.

Ese huayno no era para esa gente lo mismo que para mi. Yo vivo el huayno como una fuente de inspiración para mi trabajo artístico. Trato de construir a partir de sus elementos rítmicos, armónicos y formales algo que luego ofrezco a otros como el producto de mi esfuerzo creativo individual. Lo que vi aquella noche en Iruya es otra cosa, es el canto colectivo y anónimo, es el folklore.


(1) Huayno: género del folklore musical de Perú, Bolivia, y el noroeste argentino.